Baldasio la espiaba desde atrás del mismo árbol todos los días a Elisa cuando pasaba con la cesta que le daba su madre para comprar frutas.
Todos los días su rutina era verla pasar, tal vez, si el viento soplaba a su favor, sentir su olor.
Un día Baldasio no aguantó más. La siguió hasta la casa a escondidas, para ver donde vivía. Esperó muy paciente hasta la noche detrás de un robusto arbusto. Y cuando lo creyó conveniente entró a hurtadillas a la casa.
Elisa dormía plácidamente en su cama sin saber lo que le deparaba el destino.
Baldasio, con mucho cuidado y a pesar de su torpeza se acercó suavemente a Elisa. Casi sentía su aliento.
De repente, con un movimiento preciso de su navaja, le cortó la oreja.
Ante los ensordecedores gritos de desesperación de Elisa y sus movimientos descontrolados, Baldasio no pudo más que saltar por la ventana y correr lo más rápido que pudo, mientras envolvía la oreja en un pañuelo que había llevado para tal caso.
Llegó Baldasio hasta su casa, en la otra punta del pueblo, sudado, cansado, nervioso y ansioso a la vez. Pero contento. Abrió el pañuelo, contempló su preciado tesoro y en voz bajita le dijo: te amo, mientras le daba un cálido beso.
Cerró el pañuelo y guardó la oreja en una cajita de madera de caltés noruego con detalles dorados que había mandado a producir especialmente.
Ya no la iba a espiar por las mañanas, solo abría la cajita y le hablaba, la saludaba, le preguntaba como estaba, le daba un beso y volvía a cerrar la cajita.
Así por las mañanas y por las noches. A veces a la tarde.
Pasó una semana y Baldasio estaba contento, pero a la vez preocupado, él le seguía hablando, conversaba con ella mediante su oreja, le contaba cosas de su vida, a veces le hacía una caricia, pero no pasaba nada...
Baldasio esperaba y pensaba. Tanto pensó hasta que se dio cuenta de su tremendo error.
Elisa nunca le iba a contestar sus preguntas ni iba a conversar con él. Que tonto! también le tendría que haber cortado la boca!